Se sentó a la orilla de la cama, había perdido el sentido del reloj, incluso estaba convencida de que había viajado a otro huso, otro país, otro continente, otro planeta, otro universo, otra vida y el sonido del tic tac al fondo, sólo era un requisito para llenar el abismal silencio que la rodeaba. Era ensordecedor y gélido. Los recuerdos recorrían los poros de su blanca piel y la acariciaban intranquilos, penetrantes y vulgares. La prisa por empezar otro jodido día la movía y rezagos de optimismo falso y valentía malversada la llenaban a tal grado de hacer soportable su levedad, su existencia. Entonces sonreía no por gusto ni satisfacción, tampoco era un acto de coerción, era un acto de rebeldía. En su soledad infinita, ella sonreía.
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