recuerdos que erizan la piel en medio de la madrugada, a caminar entre las llamas que consumen la cordura, he aprendido a imaginar que las manecillas van en sentido contrario y a ignorar el tic-tac en mis desvelos,
Aprendí a mirar el cielo sin buscar los puntos de tu cuello ni a Orión; a pasear por la calle sin escuchar tu voz y sin voltear de reojo, sin buscar vislumbrar tu auténtica sonrisa, esa que pocas veces muestras intencionada;
He aprendido a orientarme sin tus planos, sin tus cartas, a redefinir los puntos cardinales desde que perdieron su nombre y uso en tu espalda y sus inmediaciones,
Aprendí a beber otros vinos, el tinto es exclusivo de nuestro primer encuentro; he aprendido a escuchar el mar sin aclamar tu respiración, mas no sin imaginar la intensidad de tu mirada, ¡Vaya analogía!
A ser gris en la coraza, como todos.
Aprendí el arte del silencio cuando se trata de ti, al mirar la Luna por el tragaluz, entre los dedos; he aprendido a ser paciente mientras cuento los centímetros de cama donde no estás,
He encontrado a la almohada como sustituto frío y acartonado de tu pecho y he aprendido a fingir que no te extraño, casi como una manía.
He aprendido a abatir la ansiedad que provoca la abstinencia de ti, a no contar las gotas de la lluvia, a hacer, rehacer y contar las figurillas que se forman en el tirol del techo, a no dibujar tu silueta entre las sombras que levanta el Sol a las seis de la mañana,
Aprendí a vivir sin esperanza, a caminar sin suelo, a latir sin ritmo, a respirar sin aire;
Pero he de admitir que no he aprendido a estar sin ti.
No he aprendido a borrarte.
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