domingo, 6 de noviembre de 2016

Cuestiones y confesiones

Me he sentado por enésima vez a contemplar tu ausencia.

¿Qué tan enorme puede ser ese espacio?

Tu espacio que ahora está tan blanco como la piel de mis muslos, aquellos tan obedientes a tus impulsos…

¿Cuánto frío pudo dejarme tu invierno amor?

Me sorprendo continuamente así, congelada, inmóvil; incluso bajo las brasas yo, sólo respondo a tus pausas, a tus omisiones, en las mías, entre alucinaciones creo que aún distingo tu aroma, todo lo que emana de ti a cuentagotas, la correspondencia nocturna, la pertenencia instantánea de ti y de mí, lejos de cualquier luz.

Cuánto calor hay en los bordes, en la inconsciencia…

Mis manos y mis ojos aún están llenos de las constelaciones de tu espalda, es el mejor cuadro jamás pintado y tengo seguridad en que de serlo, de hacerlo, sería la mejor exposición de París, un patrimonio nacional.

¿Cuántos desvelos he de dedicarte?

¿Cuántas vidas de he vivir, revivir, construir y destruir para doblar tu imagen, tu fotografía en cuatro partes, para quemar las marcas de tus dedos sobre mi alma, sobre mi suelo?

Te llevo grabado hasta en los pies.

Te llevo en la frente, orgullosa, un letrero que anuncia que no hay sección de mí que no te pertenezca, aún tras bastidores.

Tú, sólo tú conoces la clave de mis desiertos, de todos mis relieves, de la sinceridad de mis ojos, de mis conversaciones calladas, entiendes mi mirar aún sin cruzarlo.

Por eso te llevo en mis manías, en mis pasos, entre mis pensamientos, en mis silencios, en la espontaneidad de mi sonrisa, como un tatuaje, un amuleto.

Ya he perdido la esperanza de que tus labios desaparezcan de mi pecho.

Tengo miedo a estar a solas, del mutismo, donde aún estás. sin sentido. Tan vivo, tan corrosivo, tan caótico, tan ausente.

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