Si escribiera una crónica, tendría que hablar de contrastes.
De lo poco que sé.
Hablaría de la increíble facilidad, casi colectiva, de encontrar calor abrasivo en un rostro frío, en unas yemas entumecidas a falta de tacto, de la ligereza en la esencia de unos pies pesados, corrosivos, del miedo paralizante cuando circula valentía en cada capilar.
Podría hablar de la altivez de una mirada pacífica, que termina por definirse como excepcionalidad en una casa que dista de lo pretencioso, de los pequeños detalles que abaten los conceptos más elementales, de la rutina convertida en paradoja con base en silencios arrítmicos, de la absoluta lucidez de mi demencia cuando el mundo calla.
De primavera en invierno.
De invierno en primavera.
Convergería en lo hermoso de lo ilógico. En lo etéreo. En lo eterno.
Hablaría de la vida medida en suspiros enlucidos de luz de Luna, en horas de café trasnochado.
Hablaría de lo absurdo de amar con el alma en éstos tiempos y de la volatilidad de las miradas a media noche, de mi capacidad infrahumana de perder las horas contemplando a distancia, en sueños lúcidos y entre soliloquios la belleza de una respiración.
Hablaría de mi forma tan elocuente de perder los estribos en una discusión filósofo-astronómica referida a los lunares de la piel.
Hablaría de todas y cada una de las veces que mi vida ha sido interrumpida en una sonrisa estelar, dejando al tiempo en ridícula inutilidad, del desvanecimiento instantáneo de los miedos a razón de unos hombros suaves pero firmes, de unas manos ansiosas de universalidad, de sintaxis.
Hablaría del amor como la representación del claroscuro perfecto, como único medio pertinente, como única expresión contrastada no soez de ésta vida…
No hay comentarios:
Publicar un comentario